Cuando la barbarie militar superó al poder civil

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Coroneles Mario Vargas (a la izquierda), y Carlos Delgado Chalbaud (a la derecha), escoltan al presidente Gallegos en su toma de posesión junto a Betancourt. Delgado Chalbaud -quien mira a Gallegos en la foto, lo sucederá tras el golpe de Estado

Santos Luzardo, no salió airoso en esta ocasión. Poco más de nueve meses duró el primer ensayo democrático de Venezuela, tras elegir por voto universal, directo y secreto al Presidente de la República, por primera vez en la historia. Eso fue en febrero de 1948, pero el 24 de noviembre de ese mismo año, los militares que junto a Acción Democrática lideraron la llamada Revolución de octubre de 1945 –para sus detractores un golpe de Estado- ahora desplazaban a los civiles y tomaban plenamente el poder.

El período 1945 – 1948, para algunos escritores como Antonio Ecarri Bolívar, Venezuela fue ejemplo democrático y de civilidad en un continente plagado de dictaduras militares, donde los partidos políticos nacidos de la lucha contra el gomecismo e incluso, los derivados de él, tuvieron representación en la Asamblea Nacional Constituyente de 1947,  generadora de una Carta Magna que eliminaba los privilegios de las élites y establecía el carácter apolítico, obediente y no deliberante de las Fuerzas Armadas Nacionales.

Durante esos tres años, con Rómulo Betancourt como presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, inició la activa participación política y la pugna entre la nueva generación de civiles y militares que ahora tenían el país en sus manos, contra los acaudalados caudillo de 45 años de hegemonía andina en el poder.

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No obstante, para los partidarios del derrocado presidente Isaías Medina Angarita y el Partido Comunista, el llamado Trienio Adeco, fue una era sectaria -a la que algunos comparan con el chavismo- donde un partido político (Acción Democrática) habría hecho una cacería de brujas contra todo aquel que hubiera tenido que ver con los gobierno de Gómez, López Contreras y Medina Angarita, al punto de expropiar a quienes ciertamente incurrieron en apropiación de bienes del Estado, como Vicencio Pérez Soto, pero donde también se confiscó los bienes a ciudadanos tan honorables como el doctor Arturo Uslar Pietri, por haber sido ministro en el gabinete de Medina.

Este último hecho dejará una rencilla imborrable entre dos venezolanos que aportaron mucho, cada uno por su parte, a la cultura democrática nacional: Arturo Úslar Pietri y Rómulo Betancourt. Prueba de ello es una carta pública –escrita en Nueva York, EE UU el 26 de Marzo de 1946- enviada por Uslar Pietri desde el exilio y llevada al diario La Esfera, de Caracas por su señora madre. En ella Uslar emite fuertes descalificativos contra el presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno.

   “…En verdad, ha sido trágica la equivocación de los militares al llamarlo a usted para entregarle el Gobierno. Usted nunca ha podido ser otra cosa que un demagogo, y en el ejercicio del poder continúa siéndolo irremediablemente”, eso es apenas el inicio de aquella carta, que concluye con esta sentencia hacia Betancourt: “Y es que usted no tiene compromisos sino con su desproporcionada ambición…”.

 Por su parte Betancourt siguió adelante con el proyecto democrático y con una nueva Constitución, hubo elecciones presidenciales el 14 de diciembre de 1947, en las que don Rómulo Gallegos, candidato de Acción Democrática, resultó electo con 74,47% de los votos, seguido por Rafael Caldera (Copei) con 22,4% y Gustavo Machado del Partido Comunista con apenas 3% de los sufragios.

El plan militar Vs el proyecto civil

En el nuevo escenario del poder en Venezuela, más allá del flamante presidente electo, sus aliados y sus detractores, estaban los militares; aquellos que apoyaron a Acción Democrática en  la Revolución de octubre. Ahora veían que sus planes no coincidían con los de los civiles y comenzó la división.

El general Marcos Pérez Jiménez, muchos años después del 24 de noviembre de 1948, en una entrevista concedida al periodista Napoleón Bravo en el canal de televisión Televen, expuso: “Gallegos llegaba a las 10:00 am a Miraflores y se iba a las 3:00 pm, no hicieron nada por empezar la reestructuración del país; el transporte público en Caracas se hacía en camiones de estaca, imagínese usted, ¿qué posibilidades de progreso podía haber?”.

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Pérez Jiménez siempre fue señalado como el líder de la conspiración militar; su record académico e impecable hoja de servicio militar lo hacían merecedor del respeto de los jóvenes oficiales que lo acompañaron en la aventura de octubre de 1945, trasformada por AD en una Revolución popular. Las diferencias en el proyecto de país, hicieron que los militares decidieran apartar a los civiles del gobierno mediante un golpe de Estado.

El coronel Carlos Delgado Chalbaud, era el ministro de la Defensa de gobierno de Rómulo Gallegos; tras los rumores de conspiración, el Presidente lo enfrenta y le dice: “Carlitos, ¿tú me quieres traicionar”, a lo que Delgado Chalbaud, no responde nada y sale de la habitación con lágrimas en los ojos. Tal hecho es relatado en un testimonio de Gonzalo Barrios, plasmado en el libro De Carabobo a Punto Fijo, del doctor Rafael Caldera.

El 24 de noviembre, el presidente Gallegos es informado del golpe. Sus asesores le sugieren que llegue hasta el Palacio Blanco montado en un tanque de guerra, el literato, fiel a sus principios civilistas, rechazó tal proposición con una sentencia histórica: “Yo no me disfrazo”, según relatan múltiples crónicas, entre ellas una del periodista Oscar Yanes.

Al llegar el momento de la detención del presidente de la República, según rememora Isabel Carmona en el documental Tiempos de Dictadura, un grupo de oficiales llega a las oficinas de

Gallegos y le indican que está detenido, él replica: “¿Y quién puede poner preso al Presidente de la República?”, a lo que con frialdad le responden: “El alto mando militar”.

Rómulo Gallegos es enviado al exilio y no regresará al país sino hasta después del 23 de enero de 1958, cuando sea derrocada la dictadura y Marcos Pérez Jiménez emprenda vuelo a Santo Domingo abordo de “La Vaca Sagrada”, como era llamado el avión presidencial de entonces.

Hasta que eso ocurra, Venezuela vivirá una década marcada por la transformación del medio físico y la exaltación nacionalista del Nuevo Ideal Nacional contrastada con la corrupción administrativa, ausencia de libertades, censura a la prensa, represión a la oposición política que no pocas veces terminará en la tortura y el asesinato.

Esa década, consecuencia inevitable del circunstancial triunfo de la barbarie militar contra el poder civil, de acuerdo a historiadores como Guillermo Morón e Inés Quintero, sirvió para que buena parte de la clase política  venezolana evolucionara, entendiera los errores del pasado y corrigiera conductas torpes e inapropiadas, para que una vez recuperada la libertad se iniciara nuevamente el camino democrático en Venezuela.

LUIS AULAR LEAL

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